El rostro de Buda

Durante los primeros 500 años posteriores a la iluminación no existieron representaciones del Buda como figura humana. En las piedras talladas y esculturas que han sobrevivido de esa época, el Buda era simplemente “sugerido” a través de símbolos: una rueda de ocho rayos, un trono vacío, un par de huellas en el suelo. Esta tradición enfatizaba la trascendencia del Buda, su existencia humana extinguida en el Nirvana, de lo que nada se podía decir en palabras o imágenes.

Cuando Alejandro Magno conquistó las regiones de Bactriana y Gandhara alrededor del año 250 AC, ambas regiones estaban ya bajo la influencia del budismo por su contacto directo con India. La cultura griega y el budismo se mezclaron en un sincretismo que aún puede ser rastreado hoy en día, y esto dio origen a lo que se ha llamado “arte grecobudista”. Es como resultado de esta interacción entre las culturas helenística y budista que surgen las primeras esculturas antropomorfas de Buda.

Para los griegos budistas de Gandhara, en el proceso de transformación hacia la cultura de la India, semejante ausencia de aquél que le daba significado a sus vidas debe de haber sido insatisfactoria. Algunos historiadores creen que la tradición griega del culto al cuerpo, unido al hecho de que no se sentían vinculados por la restricción budista, les llevó a crear las primeras esculturas figurativas de Buda. Para ello utilizaron elementos estilísticos de influencia griega, como la toga o himatión, la pose en contrapposto, el pelo corto y rizado mediterráneo y el realismo artístico. Asimismo combinaron las características físicas de Buda con las imágenes del dios griego Apolo e incluso del divinizado Demetrio I, cuyo rostro se tomaría como modelo para las primeras representaciones.

Diferentes autores han escrito sobre el budismo y su historia. Estos son algunos libros que ilustran este tema.